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Volvemos a la carga (pero sin rimas fáciles). Si ayer teníamos a uno de los grandes hoy toca ponerse de rodillas y rezar un puñado de padres nuestros al creador de este magnífico artefacto, en agradecimiento por lo que ha aportado a nuestras vidas, es decir, muy pero que muy buena música.
Allá por 1976 el señor Bob Seger ya era todo un veterano en esto del rock'n roll y decidió enlatar lo mejor que tenía, su poderoso directo, en el disco que nos ocupa. Acompañado por su banda habitual en aquélla época, The Silver Bullet band, repasa algunas de sus canciones más emblemáticas, incluyendo algún que otro viejo éxito de los 60s como Ramblin' Gamblin' Man e incluso atreviéndose a versionar el clásico Bo Diddley. De paso deja a la altura del barro a la mayor parte de aquellos que se hacen llamar rockeros y da una lección magistral de cómo hacer un concierto de rock'n roll. Y nosotros felicísimos claro.
Con un sonido descarnado y adecuadamente retro, la Silver Bullet Band desgrana un repertorio formidable y Seger se deja las cuerdas vocales en los surcos de un álbum que consigue transmitir la inmediatez y la urgencia que caracteriza a las buenas actuaciones en vivo.
Especialmente impresionante como, tras mostrarse impecable interpretando baladas y salvaje con los temas más marchosos, Seger encara la recta final pisando el acelerador con un puñado de rockanroles de los que hacen que se te muevan los pies solos (y tu cerebro preguntándose qué narices está pasando). De hecho, la rumorología gabbagabbahera comenta que este disco sonaba a todas horas en la habitación de pollomike cuando éste era tan sólo un colegial. Una escoba utilizada como guitarra era el complemento perfecto para que el joven melenudo disfrutase esta maravilla como Elvis manda. También he oído decir que los toxic twins de garajeland pinchan el disco en sus guateques y forman unas congas que hacen palidecer las colas de los fans de U2 la víspera de un concierto. Pero todo esto es prensa amarilla chavales. Lo mejor es que pinchéis en el enlace y os dejéis atrapar por esa orgía de guitarras, tambores, saxos, órgano hammond y sobre todo por el rugido del inconmensurable Bob Seger. Con todos ustedes (me apetecía decirlo, qué pasa) Live Bullet.

Volvemos a la carga (pero sin rimas fáciles). Si ayer teníamos a uno de los grandes hoy toca ponerse de rodillas y rezar un puñado de padres nuestros al creador de este magnífico artefacto, en agradecimiento por lo que ha aportado a nuestras vidas, es decir, muy pero que muy buena música.

Con un sonido descarnado y adecuadamente retro, la Silver Bullet Band desgrana un repertorio formidable y Seger se deja las cuerdas vocales en los surcos de un álbum que consigue transmitir la inmediatez y la urgencia que caracteriza a las buenas actuaciones en vivo.
